Apadrine a un periodista
Análisis crítico y comentarios al capítulo III (“Para quién trabaja el periodista”), de Los Elementos del Periodismo, de Bill Kovach y Tom Rosentiel (Santillana, 2003).
“Vincular el salario del periodista a otra cosa que no sea la calidad de su trabajo es algo nuevo”, dicen Kovach y Rosentiel. Y también es algo malo. Muy malo. El periodista pasa entonces a trabajar para una compañía, no para el lector. Ser leal a dos amos (el magnate de las comunicaciones y el lector) es imposible, por no decir contraproducente. Si el periodista deja de ser leal a su público, el lector dejará de ser leal al periodista. El periodista ha de elegir entonces entre morder la mano que le da de comer… ¡o la que le da de comer! Y es que el principio de Adolphs Ochs de “informar con imparcialidad, sin favoritismos ni temores, pese a los partidos, sectas o intereses implicados” es incompatible con la misma estructura del mercado de la información. Si no hay “intereses” publicitarios, no hay tampoco “intereses” informativos, porque son lo mismo. Así que sólo nos queda el formato ONG para sobrevivir íntegros como defensores del derecho a la información del ciudadano.
Es decir: no es posible la independencia total dado un interés empresarial. Pero, no contentos con no admitir este extremo, los medios siguen usando la “independencia” como reclamo de audiencia, sin pararse dos segundos a pensar en qué están diciendo. Pero está en manos del periodista, como individuo, solventar otras de las causas del aislamiento de la prensa. El desarraigo del redactor respecto a la ciudad para la que escribe acaba por traducirse en falta de entusiasmo. Podemos elegir no salir de nuestro núcleo natal y, si esto no es posible, adquirir ese ansia de conocimiento del mundo que nos rodea que todos necesitamos para ejercer bien nuestro trabajo.
El problema más grave del periodismo actual (en EE.UU. y también aquí, en España) que Rosentiel y Kovach mencionan en su libro, es la desaparición de la “noticia sin más”. Es más barato pagar a cuatro expertos en nada para que discutan en base a sus desinformadas opiniones alrededor de una mesa que montar un dispositivo informativo. Pero a lo mejor pagar a cuatro periodistas expertos en documentación para que se sienten frente a su ordenador y analicen toda la información referente a un mismo tema y la expongan en el telediario de la manera más clara posible no puede salir mucho más caro. Y además estamos informando y todo.
Stephen Glass: culpable y “cabeza de turco”
Las fuentes de Stephen Glass en 27 de los 41 artículos que publicó en la revista norteamericana The New Republic son, simplemente, inexistentes. Inventó lugares, personas (incluso protagonistas), hechos, sus propias notas…
Esto no es un grave indicativo de que la información depende de la buena fe del periodista. Es un gravísimo indicativo de que los medios no saben que dependen de la buena fe del periodista. No es tan grave escribir algo falso como publicarlo. No es tan grave “saltarse” el sistema de verificación de datos de tu redacción como no tener un sistema de verificación de datos (o como tener uno que no funcione). La responsabilidad del redactor empieza donde termina la previsión y el buen juicio de los de los medios informativos. No bastan las dimisiones a nivel de redacción. Un problema tan grave como la publicación de datos falsos (incluso inventados) es siempre un problema de bases, de estructuras funcionales, de educación. Si usted, periodista, se da cuenta de que uno de sus compañeros ha mentido, no le denuncie. Llame a la puerta de su director y dígale que no hace bien su trabajo. Dígale que debe replantearlo todo desde cero.
Watergate: fuentes y fraudes
Poco más de un kilómetro separa la redacción del Wahington Post y el Ala Oeste de la Casa Blanca. Cualquiera podría pensar que es poco espacio para guardar secretos tan grandes como el más grave caso de corrupción presidencial de la Historia de Estados Unidos. Hoy, analizamos el trabajo de Woodward y Bernstein respecto a sus fuentes. Para ello, analizamos todas las noticias de The Wahington Post referentes a Watergate entre el 17 de junio de 1972 y el 31 de mayo de 2005 en su versión original.
Las fuentes más frecuentes son los propios protagonistas de la historia. Muchas veces se limitan a negarlo todo categóricamente o simplemente dicen que no harán declaraciones. Otros estaban convenientemente ausentes. Woodward lo toma como una oportunidad de sugerir, en vez de contar, y siempre da cuenta de dichas ausencias. En los casos menos frecuentes, algunos testigos aportan datos tan relevantes y concretos que son transcritos casi en su totalidad.
Las fuentes oficiales (eludiendo los cargos públicos, que eran en su mayoría protagonistas de la noticia) más citadas son la policía de Washington, el FBI y la Casa Blanca. Encontramos trabajo de campo en los juicios. Las investigaciones oficiales del gobierno supusieron la mayor fuente documental de la historia. Las cintas secretas que el Pentágono facilitó al New York Times fueron también muy útiles.
La fuente anónima ¡y también ausente! del caso Watergate es más que una anécdota. Creó escuela tanto en el cine como en el periodismo. Sin embargo, basándonos sólo en las noticias publicadas por Woodward hasta 1976, nunca habríamos sabido de su existencia. Woodward no cita una fuente en concreto, tal y como Felt le pidió que hiciera: “no reveles siquiera que tienes una fuente anónima”. El periodista mantuvo su promesa, al menos en el campo de lo publicado, porque “Garganta Profunda” se convertiría pronto en uno de los mayores misterios de la historia estadounidense. Treinta años después, sería Vanity Fair la publicación que pusiera cara a “El Ronco” (como se refería al confidente secreto la traducción al castellano de la película).
Convergencia en las redacciones: ¿salvavidas o amenaza?
El estudio realizado sobre la Integración de redacciones en Austria, España y Alemania (García Avilés, Carvajal Prieto, Kaltenbrunner, Meier, Kraus) que pretende medir y definir los distintos modelos de convergencia en los medios concluye con una matriz de análisis muy completa. Quizá encontremos aquí todos los modelos de convergencia que puedan darse a nivel mundial.
Sin embargo, no podemos eludir la cuestión de la relevancia que dicha convergencia tiene en los beneficios del medio, y por lo tanto su verdadera efectividad empresarial. A nivel de mercado laboral, tampoco conocemos las consecuencias de la convergencia sobre los activos dedicados a la comunicación. ¿Genera más despidos? Seguramente sí. ¿Más medios? Es probable.
En cualquier caso, la convergencia nunca dejará de sonar como algo demasiado arriesgado para los pequeños empresarios; como tampoco dejará de sonar a despido a los periodistas de plantilla.
30 portadas históricas de EL PAÍS: falta de entusiasmo ilustrativo
Desde la primera portada hasta nuestros días, EL PAÍS ha evolucionado en su primera impresión. Aunque su transformación queda por debajo de las expectativas de la mayoría, son destacables muchos avances. Para resumir esta evolución a modo de titulares, diremos que:
1. La complemetariedad de imagen y fotografía es puntual.
2. Los recursos tipográficos de destaque han sido sustituidos por el color en las fotografías.
3. Muchas portadas históricas sufren de falta de entusiasmo ilustrativo.
4. La infografía como elemento dominante sigue resistiéndose a aparecer en portada (salvo causa de fuerza mayor).
5. La jerarquía de la información es tan estricta que no permite el desarrollo visual de la portada.
La fractura democrática en Occidente amenaza al periodismo
En una entrevista concedida al diario EL MUNDO el fundador de Reporteros Sin Fronteras, Robert Ménard, afirma que “hay una fractura democrática, un grave peligro de contagio” que nos llega los regímenes autoritarios disfrazados. Venezuela y China son exponentes de la censura con los que Occidente “juega un papel de condescendencia”.
Y si alguien duda de la influencia que pueda tener el exterior en nuestra manera progresista y europea de ver el mundo y sus derechos y garantías, no necesita salir de casa para toparse con rastros de lo mismo. Ménard compara la actitud de Berlusconi y la de Sarkozy. Aunque “Berlusconi es distinto porque además posee los medios informativos (…) son precursores de una manera de relacionarse con la prensa desde la intimidación y la presión”. Y los mismos intereses adicionales (como “armamento, telefonía, inmobiliaria, industria”) de los magnates de la información en Francia pueden ser los del resto. Para no dejar al azar de las Sociedades Anónimas y las conglomeraciones empresariales nuestra necesidad de la libertad de prensa, debemos estar atentos a cuán grande se revela la “fractura democrática” de Europa.
Echarle un Capote al periodismo
En 1927 el cine sonoro hizo su aparición en las taquillas con El Cantor de Jazz de Alan Crosland. Un gran paso para el arte, un tremendo resbalón para los artistas. Pocos actores, guionistas o incluso directores consagrados en el cine mudo sobrevivieron a sus propias voces grabadas, a sus diálogos sin ritmo o al nuevo concepto del plano medio. Lo mismo ocurre con el periodismo. ¿O no?

Norma Desmond, olvidada estrella del cine mudo, presa de la locura absoluta ante la prensa.
John Carlin, (corresponsal para la BBC, premio Ortega y Gasset, reportero internacional para EL PAÍS y autor literario), ha echado sus cuentas y nos habla del “momento crucial” del periodismo, que no es otro que el que vivimos. Calcula que es “el mejor de los tiempos para el periodismo, y también el peor”. Si todo es hablar de periodismo… ¿por qué preocuparnos de los periódicos? Carlin recoge en su artículo montones de ilustres opiniones alrededor de la pregunta ¿cómo vivir del periodismo? Cerebros como los de Juan Luis Cebrían (dueño de EL PAÍS), Simon Waldman (de Guardian Media), Benjamín Lana (grupo Vocento), Earl Wilkinson (director ejecutivo de International Newsmedia Marketing) han resuelto ajustarse a las nuevas necesidades del lector para sobrevivir. Muchos se preguntan cómo cobrar el periódico on-line, o siquiera si hacerlo. Nunca esa respuesta ha salido del trabajador. Las cosas, simplemente, no funcionan así. El mercado suple necesidades o las crea, sin más. Pero el obrero (el periodista) no. Nosotros nos limitaremos a cumplir con lo que nos venga de arriba. Lo único que queda en nuestras manos es hacerlo lo mejor posible y cruzar los dedos, a ver si da la casualidad de que alguien nos lee, y encima le gusta lo que lee.
Philip Bennett, jefe de redacción de The Washington Post durante 3 años, afirma que “la era del periódico está acabada [y que ] el debate se debe centrar en la supervivencia del periodismo como lo hemos entendido”. A falta de saber qué entiende Bennett sobre periodismo, diremos que es la voluntad de recabar una información, comprenderla, completarla y enviarla a un lector de la manera más racional posible.
Si los periódicos desaparecen, que no desaparezca el periodismo. Porque, si bien los periodistas no tienen potestad de cambiar el mundo mediático en el que viven, tienen el derecho y la obligación de negarse a la pérdida del concepto mismo de su profesión. Si los grandes medios del país llaman periódico a un panfleto gratuito cargado de publicidad y propaganda, no dejemos –al menos- que llamen periodistas a quienes destrozan la información de esa manera. No se trata de que otros den gratis lo que al resto le cuesta dinero (como bien ilustra Bennett: “Es como construir un coche, que te lo roben y que después los asientos o las ruedas o las bujías aparezcan en los escaparates de The Huffington Post o en Google, que a su vez hacen negocio con ellas vendiendo publicidad”). Apurando, tampoco importan los derechos de autor (algo que lleva de cabeza a Rupert Murdoch, magnate de los medios: “¿Debemos permitir a Google robar todos nuestros derechos de autor? Gracias, pero no”). Se trata de orgullo profesional. De la defensa de nuestra formada opinión.
El cine sonoro supuso la muerte (figurada y en muchos casos literal) de muchas de las grandes estrellas de la pantalla, pero de ninguna de las empresas que de ellas se lucraban. Es cierto que grandes productoras americanas y europeas desaparecieron, engullidas por otras más grandes. Pero eso siempre ha sido parte del juego. Lo realmente importante es que el cine no sólo cambió, sino que lo hizo para mejor. La infraestructura necesaria para dotar el creciente número de salas de cine de un sistema de sonido era irrisoriamente cara. Pero el mercado siempre sabe de dónde sacar el dinero. Porque esas son las reglas del juego. Y, siendo el periodismo un negocio, no puede escapar a ellas. Clay Shirky (bloguero a favor de la desaparición de los diarios impresos) responde a Carlin que “el sistema empresarial del periodismo no se puede preservar”. Así que, simplemente, pasaremos a jugar en otra liga.
El Cantor de Jazz pasaría a la historia como la primera película “talkie” (hablada) de la historia, pero nada más. El cine evolucionó y lo que recordamos de él son sus historias (creadas por individuos), no sus trapicheos empresariales (manejados por el mercado). Desde este punto de vista, no corresponde al periodista crear un “nuevo periodismo” en el sentido empresarial de la palabra. Eso que lo solucionen los de marketing, y las corporaciones que de verdad van a ganar dinero con ello. A nosotros nos corresponde ayudar al lector a aprender a amar la palabra escrita con veracidad. Y eso no se consigue sólo con noticias. Dejemos que sean los medios de internet (pertenezcan a quien pertenezcan, sean los de siempre u otros nuevos) los que den la pura noticia. Nosotros sabemos hacer cosas mejores. Tenemos a Truman Capote y a John Hershey para demostrarlo. A la gente le gusta sentarse a leer cosas que le emocionen y –no nos engañemos- las secciones incluidas en los diarios impresos no lo consiguen. Dejémonos contagiar de la “fiebre de creatividad” de la que habla Carlin. La clave no es el continente (el formato), sino el contenido. A lo mejor el “nuevo periodismo” del que Thomas Wolfe ya hablaba hace décadas sería nuestra salvación.
A. Gallar


